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Entradas

Vacaciones pagadas, de Enrique Serna

a Philippe Ollé-Laprune
Ignoro en qué momento caí de su gracia. Algún rasgo de carácter -la manía de morder el cigarro, o tal vez mi risa nerviosa- debió predisponerlo en mi contra cuando le presenté mi nuevo proyecto de programa cómico, donde pensaba mantener el formato del anterior con nuevos personajes y un ritmo más ágil. Mientras luchaba por vencer mis tartamudeos, trataba de leer en su rostro el efecto de mis palabras, pero sólo alcanzaba a percibir una mirada neutra y una expresión aburrida. De vez en cuando se rascaba la tupida cabellera plateada, en un gesto que reflejaba impaciencia o hartazgo. El humo de su habano parecía interesarle más que mi charla.  -Tu programa no está mal -me interrumpió a media exposición, sin molestarse siquiera en abrir la carpeta que puse sobre su escritorio-, pero has estado cinco años al aire y la gente se puede cansar de ti. Quiero que te tomes unas vacaciones: vete a Europa o a donde quieras y en seis meses volvemos a platicar. En la empresa n…
Entradas recientes

Llorar orillas del río Mapocho, de Augusto Monterroso

En las entrevistas largas llega siempre el momento de responder a la pregunta de si uno vive de lo que escribe, y las respuestas varían entre lo tajante en que en que el interpelado dice con toda claridad que no, hasta aquellas en que se embrolla tratando de declarar la verdad (esto es, también que no) pero dejando entrever que sí, que más o menos, que en cierta forma sus libros son un éxito. Uno vive de muchas cosas, de lo que busca con intención y de lo que las circunstancias van disponiendo, y es evidente que no hay dos experiencias iguales: mientras Shakespeare escribía sus obras y las actuaba en Londres, Cervantes cobraba los impuestos o recolectaba granos para la Armada Invencible (destinada entre otras cosas a acabar, sin proponérselo, con el teatro de Shakespeare). Shakespeare era próspero y Cervantes pobre, cada uno como reflejo de sus respectivos países.  Tal vez por eso la pregunta de si uno vive de sus libros sólo se haga en ciertos lugares. No recuerdo si también en Espa…

Cómo comportarse en el tranvía, de Joaquim Maria Machado de Assis

Se me ocurrió inventar algunas reglas para el uso de quienes frecuentan los bonds. El desarrollo que ha tenido entre nosotros este medio de locomoción esencialmente democrático exige que no sea dejado al puro capricho de los pasajeros. Lo que puedo ofrecer aquí son algunos extractos de mi trabajo: basta decir que está compuesto por nada menos que setenta artículos. Van apenas nueve.
Art. I - De los que tienen catarro
Los que tengan catarro pueden entrar en los bonds con la condición de no toser más de tres veces en el lapso de una hora, y en caso de estornudar, cuatro. Cuando la tos sea repetitiva hasta el punto de no respetar el límite impuesto, los acatarrados tienen dos alternativas: o viajan de pie, que es un buen ejercicio, o se meten en la cama. También pueden ir a toser a donde se los lleve el diablo.  Los acatarrados que estuvieren en los extremos de los asientos, deben estornudar para el lado de la calle, en vez de hacerlo en el interior del bond, salvo caso de apuesta, mand…

Sobre el (y fuera del) cuerpo, de Groucho Marx

Cada año leo artículos entusiastas y optimistas que describen los nuevos automóviles que aparecerán la próxima temporada. Predicen que llevarán el motor detrás, que los asientos estarán hechos de formaldehído, las carrocerías de molibdeno y los volantes de repostería francesa. (Para el caso de que estés muy hambriento en un viaje muy largo.)     Si estos muchachos de Detroit pueden fabricar un coche nuevo cada año, ¿por qué nadie puede manufacturar un hombre nuevo? Si hay algún mecanismo que necesita ser mejorado y perfeccionado es el cuerpo humano. Si el modelo corriente es la antigua obra maestra de la madre naturaleza, es obvio que esta vieja muchacha está un poco caduca y que necesita pasar unos cuantos años en una buena escuela de ingenieros.      Empecemos por abajo y procedamos hacia arriba. Ahí encontramos los pies. Los pies no tienen ninguna belleza. ¿Sería capaz alguno de mis lectores masculinos de salir con una chica que se pareciera a sus pies? Por supuesto que no. Normal…

Aforismos de Zürau (selección) de Franz Kafka, con prólogo de Roberto Calasso

Al margen 

Cada mañana, en la Bodleian Library de Oxford, en la sala 132 del edificio moderno, sobria, no disímil de un aula de colegio, estudiaba el manuscrito del Castillo. Me estaba acostumbrando a esos cuadernos escolares, sin rayas. El primero estaba cubierto, de un margen al otro de la página, con una escritura diminuta y angulosa, algunas veces a lápiz. Los otros dejaban en blanco la hoja a la izquierda, reservándola para correciones que, si embargo, aparecían muy de vez en cuando. Cada tanto estaban indicados en la hoja a la izquierda los títulos de los nuevos capítulos, mientras que en la hoja de la derecha, a la misma altura, el texto proseguía sin siquiera ir aparte, al tiempo que el final del capítulo estaba indicado solamente con un tipo de efe oblicua.  Un día pasé a la carpeta de los Aforismos de Zürau. El paisaje se presentaba totalmente diferente. Hojas sueltas -ciento tres- en formato rectangular, 14.5 x 11.5 cm, en papel muy delgado, color amarillo pálido, obtenida…

Conversaciones, de Ulises Granados

Conversaciones I

Me senté con mi maestro en un café a discutir sobre mi escritura, tratando de aclarar algunas dudas. —Supongamos que esto es una minificción, ¿debería dispararle ahora mismo? —le dije mientras sostenía una pistola contra su cara. —No debiste haber dudado, ahora ya no tendría la misma fuerza y tendrías que planear un argumento. Lo has complicado todo. —Ok, tiene razón. ¿Y qué hago ahora?, ¿le cuento una historia de amor en la que yo salga herido para que podamos reírnos juntos unos minutos, unos años? —pregunté, agitando los brazos exageradamente, como hacen los malos actores. —No, no, ya no hay tiempo para eso: el amor no es breve. —Mmm… ¿describo alguna epifanía?, ¿un cambio en mi estado de ánimo con su subsecuente alteración en el ambiente? —Pero si no has contado nada aún y nadie sabe dónde estamos, cómo es el clima, qué hora es. —¿Entonces?... ¿Un final sorpresivo? —Demasiado tarde. Salí del café sosteniendo el arma todavía cálida con las manos temblorosas. Desp…

El ladrón de Tommy o Dos mil palabras, de O. Henry

A las diez de la noche, Felicia, la doncella, salió por la puerta de servicio para tomar un refresco de frambuesa en el bar de la esquina, acompañada del policía. Felicia detestaba al representante de la autoridad y muy formalmente se opuso en principio a acompañarle. Dijo, y por cierto no sin lógica, que hubiese preferido quedar instalada en el tercer piso leyendo una novela de St. George Rathbone hasta dormirse, pero nada consiguió. Las frambuesas y los policías han sido creados para algo. El ladrón entró en la casa sin dificultad, porque... éste es un cuento de dos mil palabras, lo cual nos ciñe a pocas descripciones y mucha acción. Al llegar al comedor encendió su oscura linterna. Con un berbiquí y una barrena pequeña comenzó a hurgar en la cerradura del armario donde se guardaba la plata. De pronto se escuchó un ruidillo y la habitación se inundó de luz. Los cortinajes de terciopelo oscuro se abrieron para dar paso a un chiquillo rubio de ocho años de edad que vestía pijama rosa y l…